El día en que la iban a matar la Justicia se levantó a las doce del mediodía para esperar la lectura de la sentencia.

Había soñado que caería una llovizna de reparaciones insatisfechas, y por un instante fue feliz, pero al despertar se sintió salpicada de excrementos.

El pueblo, su padre y madre, evocaba el medio siglo de impunidad que se repetiría ese miércoles ingrato.

Tenía una bien ganada reputación de desmemoriado, pero ese día se le quedaría grabado para siempre.

La esperanza no le permitió advertir el augurio aciago del “no ha lugar”.

Más vale una onza de juez. 

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