Siempre es más fecunda una ilusión que un deber, decía Ortega y Gasset. La falta de ilusiones es lo que deja en la más vergonzosa desnudez a nuestra política.

Los cuerpos mal formados de los programas propuestos no invitan a la mirada; por el contrario, producen la refleja reacción del que no quiere ver: nos tapamos la cara ante las mentiras regordetas o la huesuda ambición. Los humanos somos seres de apetitos y no de obligaciones.

La política se ha convertido en un plato insípido que pocos desean probar. El punto de la sal de la ilusión falta para condimentarla.

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