Lo nuevo del hecho no es lo denunciado –todos sabemos del bajo salario policial– sino el denunciante.

El raso Dauris Muñoz hizo lo que nunca se había hecho en la institución: atreverse a mostrar descontento por las condiciones de trabajo.  

Los policías están sujetos a obediencia jerárquica y no son deliberantes, pero razones sobradas tienen para la indignación.

La inseguridad económica de nuestros agentes explica la inseguridad en las calles.

¿Quién da lo que no tiene? No podemos pedirle  que arriesgue la vida por dieciséis pesos la hora. El símil se ajusta: un sueldo cebolla que da ganas de llorar.

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