El programa de alimentación estudiantil y las jornadas de fumigación en las escuelas, sin duda, son acciones de políticas públicas bien intencionadas; pero dicen que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones.  

Las buenas intenciones requieren del concurso imprescindible de una buena ejecución. La intoxicación de ciento sesenta niños en Luperón, Puerto Plata, y de un centenar de niños en Los Tres Brazos, en Santo Domingo Este, indican que la negligencia, la improvisación o el favoritismo contaminaron estos programas.

Los estudiantes están entre Lucas y Juan Mejía: si no los enferma la mala comida, los enferma la incorrecta fumigación.

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