Los romanos tenían tanta pasión por el detalle que había una deidad para cada cosa. Los viajes contaban con dos: Abeona y Adeona.

La primera, la diosa de la partida y la segunda, la diosa del regreso.

En la actualidad nos basta tener un solo Dios, pero no está nada mal la costumbre de separar la acción de irse y de llegar.

El tiempo humano en toda su escala es un viaje permanente, así que debemos abandonar el año que se va con sus gracias y desgracias para disponernos a recibir el año que viene con fe y esperanza.