La vida de Fidel, como un largo habano, terminó en cenizas. La fumada de la existencia no es eterna para ningún ser humano.

La muerte es la gran igualadora. La historia se hace tanto de alegrías como de penas.

La andadura castrista despertó en su amanecer mucho de lo primero, pero en el largo estertor de su agonía produce mucho de lo segundo.

La aventura revolucionaria que perseguía al hombre nuevo solo pudo encontrar al hombre de siempre.

El sueño de emancipación se convirtió en una pesadilla de sumisión. Fidel Castro terminó por convertirse en lo que combatió: un dictador.

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