La América morena oscila políticamente entre extremos: el autoritarismo o el populismo.

El primero, caracterizado por el egoísmo. El segundo, por un amor desordenado. Ejemplo del primero, Rafael Trujillo.

Ejemplo del segundo, Hugo Chávez. Ninguno de los dos acertaron con la correcta fórmula de la prosperidad.

El primero la ahogó en sangre. El segundo, la perdió en el caos de la solidaridad desordenada.

La elección de Macri y el previsible triunfo de la oposición venezolana augura el retorno de la razón.

Ojalá ensayemos el justo medio de la institucionalidad, el trabajo y la justicia, para curarnos de la fiebre populista.