El deterioro institucional se debe a la falta de decoro. En el comportamiento de nuestros actores políticos es notorio el irrespeto a las convenciones sociales y la poca honradez en los actos.

La persona que actúa de forma apropiada y digna tiene decoro.

Los que no lo tienen se convierten, como decía Martí, en ladrones de la libertad. El proceder indecoroso de muchos devalúa la democracia.

La maña triunfa sobre la decencia. La cura posible es la que aconsejaba el ensayista ecuatoriano Juan Montalvo: hagamos una guerra de virtudes si es posible, procurando cada cual superar al enemigo en honradez.  

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