Los compromisos cotidianos reemplazaron las preocupaciones electorales. La cultura del hecho cumplido, una vez más, se impuso. Los ciudadanos pasaron la página electoral, a pesar de saber sobre sus múltiples irregularidades.

La oposición debe cambiar las calles por las ideas. Un país de chiriperos no produce revoluciones. La búsqueda cotidiana del moro perdido impide conocer de escarpadas montañas.

La tarea urgente es desarrollar la agenda de reformas políticas indispensables. La oposición arisca, cerril, de inmaduros gestos rebeldes solo sirve para engañar la conciencia decepcionada.

El momento reclama astucia y no ímpetu. Digo con Azorín: no sea el político hombre revolvedor.               

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