Se supone que la justicia sea ciega, pero no coja ni manca. El presupuesto insuficiente no le permite caminar de prisa y mucho menos asir transgresores con la mano de la ley.

El cúmulo de fallos fallidos y el destape de jueces injustos puso en evidencia la necesidad de una reingeniería judicial profunda.

Lo que era sospecha se confirmó: el delincuente vestido de toga y birrete tuerce la norma para enderezar intereses.

El mercado persa de sentencias es un problema moral más que económico. Los actores judiciales hacen de villanos y dejan la película de la justicia sin héroes protagonistas.     

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