La isla como realidad geográfica, aunque no política, es indivisible. Eso significa que siempre tendremos a Haití como vecino.

La colindancia histórica está tan llena de desafortunados incidentes como de maravillosos ejemplos solidarios.

El país que mancilló nuestra soberanía fue el mismo que permitió pasar a Francisco del Rosario Sánchez para recuperarla. La marea de la historia sube y baja para ambos lados.

La política de ignorar la problemática convivencia no protege de las consecuencias. La colaboración para mejorar el destino político haitiano es la mejor contribución a nuestra tranquilidad futura.

La asesoría electoral prudente hace más bien que mal.       

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