La cosa no está dura. La cifra de crecimiento económico confirma el milagro de su ablandamiento. La economía es la divinidad de la política y don Héctor Valdez es su profeta.

Las estadísticas que bajo su rectoría publica la autoridad monetaria deben ser creídas como mandamientos escritos en piedra de una nueva religión económica.

No resulta extraño entonces que nuestra bonanza sea descrita como un milagro. La multiplicación de nuestros panes y peces productivos ocurre ante nuestros ojos.

La diferencia con el milagro verdadero es que nadie parece estar saciado. El crecimiento económico no abulta de recursos los bolsillos ciudadanos.

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