La oposición democrática debe ser siempre radical, pero no rebelde. El ser radical es ir a la raíz. El radical tiene firmes convicciones, pero tiende puentes para el diálogo.

La rebeldía, en cambio, es la contradicción permanente con razón o sin ella. El rebelde destruye los puentes y se mantiene en constante estado de sublevación.

La reacción humana natural ante cualquier injusticia es la rebeldía, pero resulta la más ineficáz.

El radical puede construir con el contrario, pero el rebelde nunca. El rebelde no reflexiona, porque pierde energías inventando gestos provocadores. El radical tiene ideas y las defiende con energía.

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