La problemática relación con Haití atrae a los políticos como la miel a las moscas.

El revoloteo en torno a los conflictos bilaterales con el país vecino consume nuestra agenda diplomática. La divisiva pasión del tema sirve para conseguir popularidad momentánea con victorias aparentes.

Los cuchimil diálogos organizados mueven fobias o filias, pero no promueven soluciones. La política haitiana es conseguir ponernos tuertos, aunque sea al precio de quedar ciegos.

Pomesa no es cumplimiento. ¿Honrarán la palabra? Veremos. El viaje del canciller podría ser otra pasarela diplomática.

Las poses serán aplaudidas, pero quizá no suene de nuevo la caja registradora.      

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