La democracia muestra la pátina de las ruinas. La sensación de lo que puede ser y no es sobrecoge el espíritu al observarla. Los bloques institucionales de la armazón democrática, reposan en desorden, rotos por la irresponsable ambición.

Los versos que Salomé Ureña dedicara a los soberbios monumentos del pasado ahora pueden cantar este incómodo traspié electoral, porque la brisa solloza en los escombros de una catedral electoral que se desmorona al colocarle la última piedra.

Las ruinas que nos conmueven no son materiales, sino las de una democracia que se aleja cuanto más intentamos alcanzarla. El deber: reconstruir las ruinas.

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