La palabra revolución, en lo político, no me gusta mucho por la connotación violenta que lleva en sus entrañas. Las revoluciones son cambios bruscos, forzados y casi siempre inmaduros.

Pero tengo que confesar que si tuviese que ser revolucionario escogería combatir en la revolución de cariño propuesta por el papa Francisco.

El mundo, y nuestro país también, está saturado de violencia. La desesperación se impone.

Los desesperados se llevan todo a su paso. Los soldados del cariño son pacientes.

Imagino un mundo impregnado de la ideología del amor donde pelear fuera imposible.

Usted, yo y todos estaríamos mucho mejor. Ensayemos