El papa Francisco advierte que no encontraremos vida si permanecemos tristes y sin esperanza. La frase es oportuna para un mundo que por tanta decepción acumulada perdió la alegría.

Esa es la gran derrota de la humanidad, porque sin alegría nada se emprende. San Isidoro de Sevilla definió al alegre como aquel que habla como si tuviera alas.

Los tristes, los malhumorados no pueden proponer ningún proyecto de refundación de la sociedad. La incapacidad para la alegría les impide volar en palabras y actos.

La revolución más fecunda sería aquella que nos lleve a buen destino sin perder la sonrisa. 

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