El poder más fuerte necesita de un contrapeso para mantenerse. El punto de quiebre de cualquier poder llega cuando se hace absoluto. La derrota del adversario, hasta la extinción, deja al vencedor como su único enemigo.

La hegemonía partidaria resulta en un matrimonio mal avenido con la democracia. El juego democrático es como un subibaja, porque para ser satisfactorio necesita del constante vaivén.

Los contrarios se empujan para provocar el placentero balanceo.

Lo sabemos desde chicos: la ausencia de un buen compañero al otro extremo nos deja en el suelo. Los partidos políticos deben recordar la importancia de la alternancia.

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