La biografía de un pueblo es semejante a una cordillera. El trazado que se recorta sobre el fondo del cielo muestra elevadas cimas del honor, preocupantes mesetas de indiferencia y degradantes simas de abyección. El pueblo dominicano, hace cincuenta y un años, tuvo un día de extraordinaria altitud heroica.

La revolución había comenzado el día anterior, 24 de abril, con la decisión de un grupo de soldados de luchar para el restablecimiento del gobierno constitucional del profesor Juan Bosch. La toma del Palacio Nacional y la instalación del gobierno provisional de José Rafael Molina Ureña fraccionaron la alianza coyuntural entre progresistas y conservadores.

Lo que hasta ese momento había constituido un esfuerzo del liderazgo civil y la cúpula militar se convirtió en una revolución popular en defensa de la democracia. Los militares constitucionalistas tomaron la decisión de repartir armas entre la población para compensar la inferioridad numérica frente a las tropas de leales al gobierno derrocado.

Las tropas del Centro de Enseñanza de las Fuerzas Armadas, CEFA, comandadas por su director, Elias Wessin y Wessin, salieron de San Isidro con la finalidad de tomar el control de la ciudad de Santo Domingo. En horas de la mañana el coronel Francisco Alberto Caamaño y un grupo de militares se habían reunido con el embajador de Estados Unidos, W. Tapley Bennet, para pedir una mediación que impidiera la guerra civil. La petición de rendición del embajador provocó la histórica respuesta de Caamaño: “Pues permítame decirle, señor embajador, que no nos rendiremos y que lucharemos hasta el final”.

Ese día, acompañado por miles de ciudadanos, el coronel Caamaño lideró la batalla del Puente Duarte en contra de las tropas del CEFA. El sangriento enfrentamiento terminó con la victoria del pueblo y la retirada de los soldados regulares hacia San Isidro. El despacho del embajador es la mejor descripción del estado de las fuerzas regulares: “Los generales en San Isidro estaban desahuciados, algunos llorosos y uno urgía histéricamente a retirada”.

La historia coloca a los pueblos en encrucijadas morales. Escoger la gloria o la vergüenza. Cada tiempo hace su llamado. Conviene afinar el sentido moral para no luchar del lado equivocado.