La noticia de mayor interés nacional sobre la participación del presidente Danilo Medina en la VII Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la Asociación de Estados del Caribe (AEC) debería ser el compromiso con las autoridades haitianas de retomar el diálogo bilateral.

El uso del modo condicional del verbo deber se justifica por la poca credibilidad de la noticia. El tema de los diálogos con el país vecino, proceso que apoyamos, se ha convertido en el cuento de nunca acabar.

Los encuentros incontables que han terminado con compromisos que inmediatamente se desvanecen reducen las posibilidades de buenos resultados.

El hecho geográfico de compartir la isla obliga a las dos naciones a la búsqueda constante de consensos mínimos para la convivencia civilizada. Este objetivo, hasta ahora, parece tan inalcanzable como el intento de un perro en morderse su propia cola.

  Las razones son varias, pero la más importante es la ausencia de un Gobierno con suficiente legitimidad y autoridad para imponer una política definida al colapsado aparato estatal haitiano.
El presidente Jocelerme Privert, recordemos, no es producto de la voluntad popular expresada en las urnas, sino de los arreglos de los grupos políticos que interactúan en el espacio público haitiano. La única facultad que se le reconoce sin regateos facciosos es la de organizar las elecciones.

El espíritu constructivo que sin duda ha mostrado en los temas con nuestro país no está respaldado por los demás estamentos de poder. El botón de muestra es el tema de la veda por vía terrestre a los productos dominicanos, una espina clavada en nuestro sector productivo.  Las pérdidas económicas contabilizadas para todo el año 2015 alcanzaron la cifra de unos cuatrocientos millones de dólares. Los especialistas en el tema coinciden en que si las condiciones del comercio no cambian los resultados serán similares para el 2016.

La destrucción de riqueza mutua que representa esta traba al comercio tiene consecuencias devastadoras en el ámbito social y también en el político.

El levantamiento absoluto de tan irracional medida debería ser condición obligada para retomar el diálogo.