El Diccionario de Oxford del Reino Unido eligió como palabra del año a “posverdad”. Significa que los datos duros, las investigaciones y las estadísticas ya no son tan influyentes en la opinión pública como sí lo son los argumentos basados en las emociones y en las primeras impresiones.

Los triunfos de los discursos del “Brexit” y de Donald Trump en Estados Unidos son los principales ejemplos de lo que ha sucedido este año a nivel mundial, el primero de la era de la posverdad.

En Chile, país donde se ha dado buena acogida a las maneras de Trump, la posverdad llegó para influir en el discurso político en general, y al específicamente relacionado a la inmigración. Poco importa que en el país los inmigrantes conformen menos del 3 por ciento de la población, y que según Carabineros de Chile, un 1 por ciento de las detenciones sea a extranjeros con algún tipo de residencia. Para las principales figuras políticas de la derecha chilena, una de las más conservadoras del mundo, el problema son los inmigrantes.

La crisis de la democracia y de confianza en las instituciones, demostrada en la últimas elecciones municipales de octubre pasado, donde la participación sobrepasó apenas el 30 por ciento del electorado, plantea desafíos para una clase política transversalmente devaluada. Y por ahora, esas respuestas están llegando mediante la chilenización del discurso de Donald Trump y de los nacionalismos de la ultraderecha europea. Así es como la inmigración se ha vuelto un tema de trascendencia nacional, cuando las estadísticas demuestran que no es tan grave como se presenta.

En el país que se ha abierto al mundo hace poco más de 25 años, la desconfianza al peruano, al colombiano, al dominicano y al haitiano es tan grande y carente de justificación, por lo tanto vacía, como la torre del Costanera Center, la más alta de América del Sur. Cuando los delincuentes más importantes de Chile aparecen en la televisión, se coluden entre sí para subir los precios de los productos que venden y piden financiamiento ilegal para sus campañas políticas. Y sí, todos son chilenos.

El problema quizás sea, como lo dijo un economista de Harvard hace algunos meses apuntando a la relevancia de los inmigrantes en el desarrollo de los países, que en Chile hay demasiados chilenos.