Brasil

La destitución de Dilma, sin duda, es una injusticia. El sincero esfuerzo de transparencia administrativa en su gestión erosionó todo su apoyo político. Nadie puede dudar de que es una mujer decente. Es una rareza en un país de escasos referentes morales.

La mayoría de los ciudadanos de América Latina lamentan su destitución. Brasil queda en las manos de aquellos que precisamente las usan para robar.

Una pena. Lo que nos parece exagerado es el argumento que tipífica como golpe de Estado un proceso encaminado por la vía institucional.

El juicio político fue todo lo injusto que se quiera, pero fue legal. La reacción de indiganción se debe a la especial sensibilidad de nuestros pueblos por los dirigentes
de izquierda.

Venezuela

La democracia no existe en Venezuela. El desquiciado tren de la revolución bolivariana descarriló. La manipulación burda del régimen para evitar cumplir con el mandato constitucional tiene al pueblo en la calle. La oposición organizó una manifestación llamada “La toma de Caracas”.

La respuesta de las autoridades es la típica de los regímenes de fuerza: activar las fuerzas de choque. El tigueraje rojo también salió a las calles. La izquierda que llora por Dilma no dice nada de estos excesos.

Se indigna por el “golpe” de Brasil, pero calla ante la falta de democracia en Venezuela. Así no se puede.