De 2009 para acá, cuando Río de Janeiro fue elegida como la ciudad sede de los Juegos Olímpicos, parece que Brasil se fue de cabeza para abajo. Ni el más pesimista de los pesimistas podría hacer un pronóstico tan difícil, tanto política como económicamente, del país en tan poco tiempo. La Presidenta pasa por un proceso de destitución, La operación Lava Jato de la Policía Federal derribó a contratistas e hizo el enlace entre ellos y la corrupción en el Gobierno, e incluso el estado de Río fue declarado en estado de calamidad debido a la crisis financiera. ¿Caos? Caos.

Pero a una semana del inicio de los Juegos Olímpicos, y tropezando con apartamentos mal acabados en la villa de deportistas y estadios, como el Velódromo, que se completaron después de la fecha límite, afirmo con confianza que Río 2016 será inolvidable tanto para los brasileños y para los extranjeros que deben gastar aquí, de acuerdo con el Banco central, US$200 millones.

Los pesimistas recordarán que el gasto de los turistas aquí en la Copa Mundial de 2014 fue infinitamente superior: US$900 millones. Pero la situación está mala para todo el mundo y son logísticamente eventos muy diferentes. La Copa del Mundo llevó extranjeros a todo el país, gracias a CR7, Messi, Schweinsteiger, Sánchez o Suárez. Lo que no sucede ahora con los equipos olímpicos, llenos de prospectos jóvenes, aunque el fútbol tiene partidos en Sao Paulo, Brasilia, Belo Horizonte, Salvador y Manaus.

Sólo el 25 % de los ingresos (es decir, 1 millón) son de turistas, la mitad de los adquiridos en Londres en 2012, en los últimos Juegos Olímpicos, cuando Europa tampoco estaba al revés como ahora. Tanto en lo económico –con esta crisis migratoria sin precedentes–, como en relación con la seguridad y las diversas acciones de lobos solitarios o las organizadas en grupos para desplegar el terror.

Así que, si el dinero no va a llegar del lado positivo después de tanta inversión, ¿por qué vale la pena para Río ser sede de los Juegos Olímpicos? Durante los seis años de Metro Rio, hemos sido testigos de los cambios en la ciudad. Los cambios que llevaron a la parálisis, mucho desorden en la vida de Río y el cierre del comercio en las zonas centrales de las obras. Pero tenemos un legado en la movilidad.

El tren ligero llevó el encanto del centro. La línea 4 de metro, que conecta Ipanema a Barra da Tijuca, era un proyecto dejado de lado de tal manera que nadie creía en él.

Los nuevos túneles (casi 7 kilómetros de ida y vuelta) ahora también unen el centro con el sur, donde antes había un elevado de la Perimetral que cubría toda la zona portuaria, un mastodonte ocultando lo que Río tiene más bello: la naturaleza y el paisaje.

Entonces, ya escuchó a los detractores de nuevo: ¿Y la Bahía de Guanabara, que no fue descontaminada y era uno de los compromisos de ese legado? Sí. Perdieron la oportunidad de limpiar la bahía, y esperamos no pasar una vergüenza con los deportistas de vela. Pero carioca o no, que no quería gastar un centavo en el billete olímpico, podrán disfrutar del ambiente de las pruebas en la calle o incluso la gran fiesta que será el Boulevard Olímpico, es decir, la zona portuaria de la Plaza Mauá, que ya es el programa obligatorio de los fines de semana. En el mejor estilo de Puerto Madero, la zona revitalizada en Buenos Aires, Argentina, Río recuperó el orgullo de caminar por el Centro.

¿Tiene inseguridad? Tiene. La crisis económica afecta directamente eso. Pero tiene mucho calor humano. Y el carioca adora conversar. Temas y y compañía no van a faltar. “¿Vio la última de Bolt?”