Las buenas costumbres de una sociedad se mantienen por el buen comportamiento de sus gobernantes. El mal ejemplo nunca sube desde abajo.

Las malas conductas de los gobernados tienen poco alcance. En cambio, cuando fallan los gobernantes se derrama la inmoralidad por todos los rincones. Por eso decía Cicerón que la corrupción de los mejores era la peor.

El país, ninguna duda cabe, está corrompido hasta los tuétanos. Las consecuencias: la pérdida de una vida en el caso de la OISOE o la disminución de la imagen internacional por la situación del embajador adjunto. La responsabilidad es nuestra. Pidamos y se nos dará. ¡Pidamos justicia!