Tenemos en nuestro país a un Embajador de los Estados Unidos que es además un ferviente activista gay. No critico su condición de gay, por el contrario, la respeto sobremanera. Lo que critico es el uso abusivo que hace de su silla diplomática de un poderoso país para venir a excederse en muchas de sus prerrogativas diplomáticas violando los códigos culturales, los de las legislaciones locales y las convenciones internacionales.

Entiendo que el Embajador desea abrirle paso, a como dé lugar, a su agenda en un país como el nuestro, en el que las autoridades locales y la sociedad en general han permanecido silentes al respecto.

En mi labor pastoral he tenido la oportunidad de conocer muchos fieles con atracción a personas del mismo sexo de los cuales he conocido sus anhelos, sus trayectorias de vida pero sobretodo he conocido su dolor, sus temores, sus necesidades y las cosas que realmente les preocupan y estoy convencido que las leyes que el Embajador pretende imponer en el país no serían de gran ayuda para la mayoría de esta población en la que supuestamente pretende incidir.

La cultura gay en Estados Unidos engancha perfectamente dentro de esa sociedad individualista en donde el ciudadano puede sumergirse en el anonimato en las grandes ciudades como San Francisco, Chicago, New York, Los Ángeles y permanecer en ese anonimato y/o vivir en barrios, zonas o establecimientos que favorecen el desenvolvimiento de una vida social normal para él.

Pero el latino es mucho más sociable; nos relacionamos más con los demás; se interactúa mucho más con el entorno familiar, laboral y vecinal; no es tan individualista, al menos por naturaleza. Por eso, ese anonimato es más complicado. La persona gay no se puede sumergir tan fácilmente en esa sociedad anónima e individualista, pues no es la nuestra. Para vivir eso le queda emigrar a una de las grandes ciudades de Norteamérica o Europa.

Las sociedades en donde más se promueve la “cultura gay” son más igualitarias a nivel económico. No existen las diferencias que vemos, por ejemplo, en América Latina. Por eso, en nuestro país hay que distinguir a los gays montados (los que son de clase media alta y clase alta) que a partir de ahora denominaré ricos, y los gays de a pie, los que pasan crujía en la calle (los que son de clase media baja y clase baja) que son la grandísima mayoría, que a partir de ahora denominaré pobres.

Definitivamente hay que distinguir los gays ricos y los gays pobres porque viven una realidad común pero desde perspectivas muy diferentes. Los gays ricos se pueden “defender” más en el medio. Nuestra sociedad clasista los coloca en una situación de respeto, pues en nuestro mundo hay más más interés de compartir con sus bienes que con sus valores, y no les “molesta” el gay si es rico, al revés, es capaz de bailarle cualquier mambo con tal de estar alrededor. A la clase alta no le molestan los gays si tienen pesos y buenos modales. Esos sí pueden aspirar hasta a meterse en la piscina de la Embajada.

Los gays pobres han nacido en una realidad diferente y mucho más difícil, como la mayoría de los demás dominicanos. No tienen muchas oportunidades de salir de la pobreza. La mayoría busca ganarse la vida dignamente. Pero, tristemente, una de las maneras que buscan algunos es lograr que una celebridad se enamore de ellos y los saque de la miseria. Muchos viven con una mezcla de sentimientos de rabia y resignación por su condición de marginados. Esa rabia, por la forma en que son utilizados por los ricos, la hemos visto culminar en un asesinato en moteles, en establecimientos o en la misma calle. Ellos sienten que sirven para algunos momentos pero molestan para otros.

Pareciera que al Embajador no le interesan los gays pobres, no le interesa su suerte, o quizás no entiende o tampoco le interesa la doble exclusión en la que viven. Lo que en realidad le interesa es crear un ambiente legal y social que le permita a los gays ricos tener su cámara de comercio, sus espacios exclusivos y que los turistas gays de su país vengan con dinero y puedan disfrutar de este paraiso turístico.

En todo esto los gays pobres se sienten utilizados, excluidos, y sus oportunidades son que se les ayude a posicionarse laboralmente, que muchas veces será de meseros y empleados de hoteles y negocios aprobados por la Cámara de Comercio LGBT. Y quizás a no pocos se les ofrecerán oportunidades de prostituirse con los turistas y ofrecer extravagantes favores sexuales. Ellos acaban siendo tan sólo carne de cañón para seguir alimentando el sistema.

Pero los gays de a pie de los que he escuchado sus preocupaciones, lo que quieren es vivir en paz. En realidad no desean que venga alguien de fuera a que los monte en una caravana a hacer todo tipo de payasadas. Quieren un vida digna, como la mayoría de las personas. Las leyes que propone la Embajada no es lo que en realidad necesitan, sino lograr un proceso de inserción en la sociedad, sin extravagancias y sin frentes de lucha.

¿Y cómo se logra esto? Con un adecuado proceso de educación comunitaria, no como la ideología de género promueve que es con la cultura del llamado “orgullo gay”, sino con un proceso educativo paulatino y a largo plazo que ayude a los ciudadanos a respetarse los unos a los otros, pero no sólo en este aspecto, sino en todos en general. Por ejemplo, hay quienes no saben las penurias que debe pasar una mujer al transitar a pie por la calle; la violencia que debe sufrir con piropos ofensivos y bochornosos y otros tipos de violencia. Así mismo la gente no sabe las penurias que pasa un gay en un barrio, la soledad y la exclusión que vive y sabe muy bien que ninguna de las ofertas de la Embajada le garantiza nada. Lo que pasa es que la discriminación y marginación se vence a fuerza de educación que genere respeto y amor al prójimo, no a fuerza de leyes y de sindicatos que buscan sus propios intereses.

La Iglesia tiene el deber de estar cercana a lo que el Papa Francisco se refirió cuando dijo: “Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad ¿quién soy yo para juzgarla? El Catecismo lo explica de forma muy bella. Dice que no se debe marginar a estas personas por eso. Hay que integrarlas en la sociedad”. Entiendo que la Iglesia muchas veces ha hecho que las personas gays se sientan rechazadas. Y entiendo que la Iglesia Dominicana deberá pronto crear la Pastoral de Personas con Atracción al Mismo Sexo, como existe ya en muchos otros países. Es necesario que exista un acompañamiento más cercano a estas personas para integrarlas adecuadamente a la sociedad y a la comunidad cristiana.

En realidad no me interesan las leyes por las leyes en sí, es decir, como un fin en sí mismas. ¡Total! ¡En un país en el que no se cumplen esas leyes ni se respeta la Constitución! Me interesan más las personas, que puedan llegar a vivir una vida digna y que puedan encontrar la verdadera felicidad, y no las falsas quimeras que se ofrecen algunos de aquí y de allá para seguir viviendo en una sociedad excluyente que lanza a las personas a vivir en miserias aún peores. La leyes deben estar al servicio de las personas y no lo contrario.

Mucha gente cree que cuando la Iglesia ataca la agenda LGBT está atacando a las personas gays. Esto no es cierto. En particular, mis frecuentes pronunciamientos no han sido nunca a las personas gays, sino a la mentira que se promueve alrededor de todo esto y a los farsantes locales y extranjeros que se aprovechan de ello.

Las sociedades maduran con el tiempo, y este proceso debe ser cuidado y respetado, como se cuida y se respeta el crecimiento de una cosecha. Todos los agentes de cambio nacionales están llamados a participar en el proceso de transformación de la sociedad para que en ella quepan todos de manera justa y adecuada. No podemos forzar los caminos, ni violentar a una sociedad con semillas extranjeras que no ofrecerán a nuestra Patria los frutos de nuestro propio destino forjado con nuestros esfuerzos y vivencias para dejar de buscar sueños ajenos.

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