No hay ningún viaje en avión que no tenga una ilusión. Por pequeño que sea el viaje, por pequeña que sea la ilusión.

Cada viaje en avión guarda decenas de historias. Del que se subió a última hora, del que no alcanzó a subir. El que se va a reencontrar con su novia, el que va a conocer un destino, el que va a reconocerlo. El que cierra un negocio o el que ve que su negocio no tiene futuro.  

En el caso del Chapecoense, una delegación completa tenía una sola ilusión. Todos los que viajaban en ese avión tenían la confianza de hacer una buena presentación en la primera final de la Copa Sudamericana de Fútbol ante el Atlético Nacional de Medellín. La revancha sería en casa, a estadio lleno. El título estaba cerca.

Chapecoense es un equipo chico, muy chico. De la ciudad de Chapecó, en pocos años escalaron desde las divisiones más bajas hasta la final del segundo torneo más importante de Sudamérica, por detrás de la Copa Libertadores de América.  

Esforzados, aguantando atrasos en el sueldo y premios que nunca se pagaron. Necesitaban ganar esa Copa para asegurar el pago de lo que antes les habían prometido. Habían eliminado a Independiente y San Lorenzo de Argentina, dos gigantes del continente, y ya se hacían respetar. En Argentina decían “cualquiera nos viene a ganar”. Claro, pese a ser brasileños, no tienen los millones de seguidores del Flamengo, Fluminense, Corinthians, Sao Paulo, Cruzeiro o Palmeiras.  Era un equipo modesto en lo más alto de América.  

Arriba estaban. En un avión que llevaba futbolistas, cuerpo técnico, dirigentes, periodistas y personalidades de Chapecó, ciudad de 210 mil personas y que mete al 10 % de la población en su pequeño estadio. Estadio que comenzaba a recibir a los grandes del continente.

Chapecoense estaba arriba, muy arriba.  Eso hasta el lunes por la noche. Aterrizaje abrupto que terminó con la vida de 76 personas. Caída que nos invita a ser cautelosos en el éxito y en el fracaso.

Como triste metáfora, la caída puede llegar en cualquier momento. A Tiaguinho le acababan de avisar que sería padre y viajó con esa felicidad. La familia del arquero Danilo se enteró que se había salvado y luego supo que había muerto en una operación. El argentino Alejandro Martinuccio se salvó por estar lesionado y perderse la final. Tristeza, felicidad, alivio, angustia, dolor. Chapecoense es una enseñanza desde antes de subirse a ese avión.  

Chapecoense, un nombre complicado que nos costará olvidar. Buen viaje muchachos.