Hay dos formas de concluir una guerra. Una es la victoria de uno de los bandos. La otra es una negociación que puede tomar muchas formas. En el conflicto armado más largo en América Latina se optó por una laboriosa negociación.

El gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) avistan el final de una lucha fratricida que se arrastra por más de medio siglo, y que deja un saldo de 220,000 muertes de las cuales el 80 por ciento corresponde a civiles. 

Las partes han acordado la devolución de tierras a los campesinos desplazados por las décadas de lucha. El país llevará adelante una reforma agraria que ha sido una de las reivindicaciones centrales de los insurgentes. Han acordado enfrentar el narcotráfico y reemplazar los cultivos de drogas.

También han esbozado planes para la reincorporación de los guerrilleros a la vida política del país.
Finalmente, el punto más delicado, en toda guerra, es el de la justicia y la entrega de armas por parte de los irregulares. Este es el momento de mayor peligro y vulnerabilidad para quienes buscan dejar el monte y participar en las instituciones nacionales.

La historia de las guerrillas latinoamericanas está jalonada de transiciones frustradas. Desde Emiliano Zapata pasando por Augusto César Sandino a las propias FARC. 

El presidente Belisario Betancur promovió, en 1982, una apertura política que contemplaba una amnistía. La oferta fue bien acogida por las FARC y se esbozaron negociaciones que fueron muy resistidas por las fuerzas armadas.

Pese a ello los insurgentes realizaron un esfuerzo de reinserción política a través de la creación de un brazo político, la Unión Patriótica (UP). El experimento fue un absoluto fracaso pues los militantes de la UP, que incluía a guerrilleros desmovilizados, fueron asesinados en forma masiva.

Elementos paramilitares y no identificados, un eufemismo para aludir a militares y fuerzas del Estado, asesinaron a más de dos mil militantes de la UP.

Está por verse cómo funcionará esta vez el proceso de reincorporación. Las FARC disponen de un arsenal respetable y una vasta experiencia de combate. Todos los protagonistas saben que de no cumplirse los acuerdos podría emerger un bandidaje que ha estado presente a lo largo de la historia colombiana.

En todo caso, las negociaciones tienen fecha límite: el 23 de marzo del 2016. La última palabra sobre los acuerdos de paz, como corresponde, la tendrá el pueblo colombiano que deberá ratificarlos en un referéndum.