Lydia Cacho: Deconstruyendo las raíces del machismo

La periodista y activista mexicana muestra que los hombres también son víctimas de un sistema que lucha rabiosamente por mantenerse

Por Luz LAncheros Metro World News

Violadores, acosadores, golpeadores. Los hombres, sí, hay que mostrarlo, son los que más han ejercido violencias históricas contra las mujeres. Pero, más allá del discurso primario de la denuncia, hay preguntas más interesantes: ¿de dónde sale el machismo?, ¿cómo se crían esos violadores, golpeadores que han lastimado a tantas mujeres?, ¿cómo se ha llegado a normalizar su conducta?

Esto es lo que explora en su libro  Ellos hablan la reconocida periodista, conferencista y activista mexicana Lydia Cacho, quien habló con PUBLIMETRO sobre su libro en el marco del Hay Festival Cartagena 2019, sobre las raíces de la violencia y sobre todo de esta prisión de la que muchos hombres ya quieren escapar.

Hay un tema muy irónico y es cómo se ha avanzado en algunos lugares al cuestionarse sobre los roles del machismo tradicional. Pero por otro lado, esto contrasta con la ira que despertó, por ejemplo, el comercial de Gillette. ¿Por qué sigue esa resistencia tan rabiosa?

Evidentemente, el machismo es un producto cultural sobre el que hemos construido en el mundo entero. Cuando resquebrajamos estas murallas que nos han dividido durante siglos, que nos han dado mandatos sobre cómo debemos comportarnos las mujeres y cómo debemos comportarnos los hombres, lo que sucede es que tenemos un efecto boomerang. Ahora, lo hemos vivido durante muchos años: los movimientos feministas de todo el mundo han tenido un efecto boomerang en diferentes décadas, dependiendo de cuál haya sido su batalla principal. En el caso de los años 60, la batalla principal eran los derechos sexuales y reproductivos.

Este efecto, entonces, se construyó sobre hacer volver a las mujeres a la familia, a la cocina, a regresar a comportarse y a someterse. Pero afortunadamente, las mujeres no aceptaron, por lo menos las mujeres de la generación anterior a la mía. Ahora a nosotras nos ha tocado educar a las chicas (tengo 55 años) de una manera distinta. Y a los chicos también. Entonces, el efecto boomerang viene siendo una reacción opuesta a todo lo que es diverso a la cultura patriarcal. Sobre todo la muy concentrada en el mundo religioso, conservador ortodoxo. Y esto incluye a todas las religiones. Y eso es lo que estamos viviendo ahora: una rabia brutal de estos representantes del machismo que se sienten huérfanos porque no pueden dominarnos. Es como cuando en la época de las Cruzadas tenías a un grupo de países que estaban dominando a otros y se resistían sistemáticamente a que estos otros países tuvieran sus propios derechos, su independencia y sus fronteras. Pues es lo mismo: nosotras hemos creado las fronteras de la libertad de las mujeres, la frontera de la palabra, del cuerpo, y hay millones de hombres que están en contra de eso. Pero también hay millones de hombres que están a favor. Y esta es la batalla de este siglo, me parece.

Hay que involucrar a los hombres en estas conversaciones feministas, pero muchos se arrogan el criterio de hablar de lo que no conocen. Y hay otra cosa: su opinión es la que ha contado, por mucho tiempo, sobre la vida de las mujeres. ¿Cómo manejar esta opinión masculina?

Yo creo que cada quien tiene derecho a expresar sus emociones y sentimientos como le parece importante y necesario y, justamente, con esa libertad de expresión. Pero también vemos que la violencia contra las mujeres en las redes sociales es mucho más ácida y más brutal de lo que es en persona. Las redes sociales han permitido que una cantidad de personas con avatar y nombre falso ataquen a las feministas para ganar seguidores y también porque se sienten vulnerados en su derecho a domesticar a las mujeres. Entonces, yo siempre que hablo con mujeres jóvenes, feministas, que defienden los derechos desde cualquier perspectiva, cuando son atacadas, les digo que hay varias reglas que hay que seguir: la primera es mirar quién te está atacando, mirar su perfil. En Twitter la mayoría de las personas más ácidas y violentas son las que necesitan seguidores. Entonces, lo mejor que pueden hacer es ignorarlos, son trolls. Es decir, tenemos derecho a debatir, pero ¿con quién vas a debatir? Mi recomendación siempre, para todas las mujeres feministas –y con una experiencia de muchos ataques machistas–, es debate con quien es posible hacerlo. Con quien solamente te ataca no pierdas el tiempo. El tiempo es muy preciado y ese tipo de cosas nos distrae de nuestra verdadera tarea, que es la búsqueda de la libertad.

También pasa otra cosa: muchos hombres quieren entrar en esta conversación, pero están intimidados por la construcción machista que les han impuesto, incluido ver a mujeres que ya no temen hablar. ¿Cómo pueden acercarse?

Esa es una de las razones principales por las que escribí Ellos hablan. Decidí que era el momento adecuado para entrevistar a hombres de distintos ámbitos, edades, culturas y no solo a los hombres víctimas del machismo en su niñez y cómo lo fueron integrando a su personalidad y a su modo de vivir. También entrevisté a expertos de todos los ámbitos que luchan contra este patriarcado político, cultural y religioso. Y la verdad es que con la publicación del libro y la presentación de este en muchos países de Latinoamérica, veo que la reacción de muchos hombres, sobre todo jóvenes, ha sido absolutamente positiva. Sienten que tienen un documento en las manos, un libro con el que se identifican, donde sienten que también han sido víctimas del machismo.

Nos toca reconocer que el machismo es una forma de opresión, una fórmula cultural que promueve la violencia y la antidiversidad. Es decir, consistentemente, el machismo tiene como fin ser un instrumento educativo coercitivo. Es una trampa para normalizar lo que nos parece inaceptable, todas las formas de violencia, dominación y sumisión. Los hombres deben salir a las calles. José Saramago escribió, años antes de morir, un texto hermoso que decía que necesitamos ver a los hombres salir a las calles, miles y miles, caminando y marchando, diciendo que ya no iban a ejercer violencia contra las mujeres. Y que estaban hartos. Y eso es lo que toca: las mujeres y feministas hemos hecho la tarea por 200 años. Ahora les toca a ellos. Y por eso se sienten aislados. No tienen argumentos. Y justo en el libro les doy herramientas para que traten de entender cómo discutir e investigar en sí mismos cómo funciona el machismo y cómo fueron educados para él y cómo salir de estas fórmulas que les hacen tanto daño.

¿Cómo ve el #MeToo con todas las resistencias que ha tenido (“a las mujeres ya no se les puede decir nada”) con sus contradicciones como movimiento cultural?

Con lo que he visto en gente muy cercana tras la publicación de este libro y los dos programas de televisión que hice, uno con NBC, en Estados Unidos y otro en México, es que la reacción de hombres y mujeres ha sido positiva. Es decir, están preguntándose cómo abordaremos esto juntos. Ahora, evidentemente lo de Harvey Weinstein sirve para analizar el ejercicio del poder en el mundo del entretenimiento, que se parece también al mundo del periodismo. Hace 30 años soy periodista y en aquella época el hostigamiento y acoso sexual eran brutales. Yo era la única mujer periodista en el primer diario en el que trabajé. A la secretaria la obligaban a ponerse minifalda. Ahora es impensable que suceda eso. Las y los filósofos a través de la historia nos han mostrado que nada puede ser transformado si no evidenciamos los rostros de los cambios culturales, del diálogo cultural. Y eso hacemos las feministas. Y eso hago con Ellos hablan: mostrar que sí hay hombres que dicen que no saben cómo no ser machistas, pero ya no quieren serlo.

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