El Diario de Lorenna: Para pelear se necesitan dos, y conmigo no cuentas

Por Lorenna Pierre

Querido diario:

Cuanto me ha costado aprender a callar. Con los años he desarrollado un carácter impulsivo. Lo grande es que soy así porque desde que tengo uso de razón, he sido muy tolerante.

Cuando algo no me agrada, por más que quiera ocultar lo que pienso, mi rostro me delata. Mi padre dice que soy muy transparente. La diferencia es que, por ser tan permisiva, fui guardando y guardando. Eso me llevó a que disminuyera mi nivel de tolerancia.

Por eso, por un periodo me convertí en esa mujer que explotaba con facilidad. Eso ya lo habíamos hablado. También te había contado como he estado experimentando una paz especial. Y que la misma nacía de mi relación con Dios.

Pero no te había comentado la manera en la que he canalizado esas energías para evitar pronunciar palabras que luego me arrepienta de haber pronunciado. Porque cuando estamos fuera de control, podemos lastimar con las palabras.

He llegado a la conclusión de que “para pelear se necesitan dos”, como me dijo mi querida Lice. Entonces, cuando estoy en ese instante donde sé puede armarse la segunda guerra mundial, huyo a la derecha (tipo la pantera rosa).

¿Que cómo así? Literalmente, me voy del espacio. O hago silencio por unos minutos. Ese ejercicio me permite poner en orden mis pensamientos para encontrar la mejor manera de presentar mis argumentos.

Mi querido Pepe me relaja. Dice que he generado un mecanismo como los termómetros; cuando veo que mis ideas van a salir de manera alocada, paro. Respondo con si o no. El punto es alejarme del problema.

Lo que ha marcado la diferencia en esta ocasión es que no me he convertido en el barril donde depositas todas tus quejas sin recibir respuesta. No, porque entonces no rompería con el ciclo peligroso en el que caí.

Lo distinto es que, ahora medito sobre el tópico y la dialogo cuando me siento lista para expresar mis emociones sin herir la de los demás. Es como dicen: siempre habrá una buena manera de decir las cosas.

Así que, me aferro a esa realidad. Eso no significa que siempre actúo correcto. Para nada. Claro que pierdo la paciencia. Solo que con menos frecuencia. Y ya, cuando lo hago, vuelvo atrás. Porque sé que fue mi falla no saber canalizar mis sentimientos.

¿El resultado de este ejercicio? La paz, mientras cuido mi corazón y el de las personas que quiero.

La mejor medicina es palabras dulces. #PoderCorazon

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