La injusticia pervive a pesar del escrache

Dos años después del destape del escándalo de Harvey Weinstein, en muchos lugares se sigue luchando por derechos fundamentales.

Por Luz LAncheros Metro World News

El productor Harvey Weinstein, a pesar de sus esfuerzos para evadir a la justicia, no pudo impedir ser llevado a juicio. Lo tendrá en enero del proximo año, pero eso no le impidió ir a un club neoyorquino a mediados de octubre, donde fue confrontado por dos actrices. Ha sido el esfuerzo más grande desde que se comenzaron a destapar sus abusos y acciones por encubrirlo y de esa manera, iniciar el movimiento #MeToo en redes sociales, que no ha estado exento de polémica, al criticarlo muchos famosos y personas del común por ser una “caza de brujas” (Catherine Deneuve y otras intelectuales francesas hicieron incluso una carta contra el #MeToo, aunque la actriz acotó que no se refería a las víctimas).

injusticia

Varias cabezas del movimiento, que fue replicado en todo el mundo, luego fueron intimidadas y enfrentaron todo tipo de problemas legales y económicos, como Rose McGowan y Asia Argento, quien tuvo que admitir que tuvo relaciones sexuales con un menor y de esta manera se le deslegitimó en su reclamo contra Weinstein.

Y así, actores y directores como Woody Allen, Kevin Spacey y Roman Polanski, entre otros, fueron vetados de la industria por las acusaciones de abuso en su contra. Incluso hubo una página para detectar si el actor participante era señalado de abuso y también se comenzó a hablar de cómo las mujeres eran acosadas y violentadas desde jóvenes, dando pie a iniciativas y plataformas feministas. Pero, ¿ha cambiado en algo la conversación? “En lo personal el #MeToo (y movimientos como el #NiUnaMenos o el #MiráCómoNosPonemos) han puesto en agenda mediática la violencia de género y sexual que sufrimos las mujeres, y que esta se da en diversas situaciones.

También se ha evidenciado y visibilizado comportamientos machistas y patriarcales que se han normalizado durante mucho tiempo y han pasado a convertirse en prácticas cotidianas. Somos muchas las mujeres que en medio de este debate hemos caído en cuenta y le hemos puesto nombre a la violencia de género que hemos estado viviendo durante años, en espacios que muchas veces pueden ser considerados seguros.

Ahora, cuando el #MeToo llegó a espacios como las industrias culturales, cuando actrices y actores, personajes de relevancia popular para un colectivo poco o nada familiarizado con el problema de violencia, ha logrado una incidencia directa, ha desatado un fenómeno, ha disparado un rueda que no está dispuesta a detenerse. Y si bien existen una gran diversidad, el objetivo en común es tumbar la violencia y la impunidad, y si los Estados se abstienen de hacerlo por el lado penal, es la sociedad la que ahora sanciona públicamente. No se ha terminado, hemos avanzado. Y en un contexto como el que nos encontramos es un gran logro”, explicó a Metro la periodista y activista peruana Michelle García.

En esto coincide la activista, editora de la revista feminista Volcánica, así como co-fundadora de la plataforma e iniciativa de redes sociales Las Viejas Verdes, Catalina Ruíz- Navarro, quien si bien afirma que es una conversación que se ha dado, no se ha dado de igual forma en todos los países. De hecho, en Latinoamérica (e incluso con Tarrana Burke, quien creó el hashtag) ya para 2015 y 2016 se crearon los hashtags virales  #MiPrimerAcoso y #MiPrimerAsedio, pero no en todos los países el movimiento y las denuncias han tenido el mismo efecto, sobre todo si se habla de estructuras patriarcales más enquistadas.

“En México, por ejemplo, pasó algo que tuvo un efecto congelante: un hombre, acusado de acoso sexual a niñas, de tomarles fotos a los 13 años, la denuncia a este hombre (yo como periodista puedo dar fe de que es un testimonio real y le creo a la víctima, que afortunadamente hizo esta denuncia anónima) terminó en que él decidió suicidarse. Nadie se suicida por un escrache.

Es una cosa muchísimo más compleja, pero se terminó culpando al movimiento feminista de su suicidio, así como muchos otros y eso tuvo un efecto congelante en las denuncias allá. Literalmente acabó con ellas. Entonces, sí es una cosa que avanza, pero que también echa para atrás, porque tenemos pendiente una discusión sobre qué es lo que entendemos las feministas por justicia, porque no puede ser punitivista y penal, porque no nos alcanza. No nos da abasto”, expresa.

Feminismo del siglo XXI, prácticas del siglo II

Aunque el caso de “La Manada” causó indignación a nivel mundial, la sentencia solamente fue condenar por abusos y no por agresión sexual a los cinco jóvenes que violaron por turnos a una joven de 14 años. En Argentina y Estados Unidos el aborto y los derechos reproductivos han tenido serios retrocesos en cuanto a decisiones judiciales. Y si se habla a nivel global, la cosa no mejora: según la OMS, una de tres mujeres a nivel mundial ha experimentado violencia sexual o física.

Al menos un tercio de las que han estado en una relación, han sido violentadas por su pareja. Y globalmente, de manera aproximada, el 38% de los asesinatos de mujeres son cometidos por una pareja masculina, para comenzar. A su vez, prácticas que parecen erradicadas siguen siendo más actuales y peligrosas que nunca, como la mutilación genital y el matrimonio infantil. Ahora bien, la UNICEF muestra en sus cifras a corte 2019 que 4 de 10 mujeres en África subsahariana se casaron antes de los 18, seguidas del sudeste asiático y Latinoamérica y el Caribe. Pero las prácticas aún son culturalmente permitidas.

De hecho, en los buscadores de pornografía, la categoría “Teen” es una de las más vistas. El problema, entonces, sigue siendo estructural: “Esta práctica sigue normalizada en la sociedad y los gobiernos hasta ahora están prestando atención. Ahora, hay normas y estereotipos de género que reproducen mecanismos de pensamiento que llevan a las niñas a pensar que su futuro es casarse y tener hijos y que de alguna manera fomenta que las niñas en mayores condiciones de vulnerabilidad tengan esto como mayor opción. Somos todos los que los reproducimos, con mitos como que el amor no tiene edad, por ejemplo, al reforzar no ver problemático que una joven se case con un hombre 40 años mayor porque se aman. Si fuera al revés, habría una censura legal, pero la hay, sobre todo, socialmente”, explica a Metro Andrea Tague, vocera de Unicef Colombia.

Sí, es cierto que culturalmente comienzan a cambiar cosas. Se generan otros personajes, conversaciones en lo cultural y se cuestionan muchas conductas normalizadas antes, en algunos países y contextos hay que dar luchas más duras y consistentes contra un patriarcado enquistado en la justicia, en las instituciones y en la misma organización de la sociedad. Y ese es el mayor debate y desafío al que se enfrenta el feminismo actual.


P&R

Catalina Ruiz-Navarro, feminista, columnista, escritora

¿Por qué en casos como el de La Manada vemos que la justicia tradicional falla con las mujeres?

–Creo que la justicia penal patriarcal no nos da abasto. Empezando con que la palabra “testigo” viene de “testículos”, porque los que antes podían testificar solo podían ser los que tenían testículos. En un mundo que no nos cree a las mujeres, y eso es una falla de origen desde hace milenios, es muy difícil que nuestro testimonio valga. Y en esto no hay unas pruebas objetivas necesariamente, porque este es un juego entre el acosador/agresor y la víctima y esto no deja rastros. Ya han documentado casos donde el agresor le dice cosas a la víctima, esta se altera y entonces tienen el video donde la tildan de que es una “loca agresiva”. Y es porque los agresores tienen una curva de aprendizaje muy rápida. Entonces, yo no creo que esto sea un problema de justicia patriarcal, porque castigarlos no es lo que yo necesito. Detrás de ese que voy a castigar vienen muchos más, entonces esa justicia punitivista no me sirve. Tenemos que pensar en una justicia que tenga que ver con la retribución y la reparación de las víctimas con la garantía de no repetición. Ese modelo de la justicia patriarcal no nos sirve.

¿Pero ha cambiado en algo la cultura del acoso y la violación?

–Sí está cambiando algo, creo que los hombres se han comenzado a preguntar si lo que van a hacer es acoso. Y con que se hagan esa pregunta ya hay un efecto. Claro que hay gente que va a seguir abusando de su poder: mira lo que pasó con los escraches en México, los que salieron fueron los hombres en puestos intermedios, no los poderosos. Y los que están por debajo de la línea, pues tampoco. Entonces, el escrache no es efectivo para todos: un hombre con el suficiente poder no va a poder ser escrachado, es inmune a él. Pero que haya hombres preguntándose si lo que hacen es acoso, es importante. El problema es que son muy pocos todavía: hay un grueso de la población que no está en las ciudades, a las que les no ha llegado esta información.

¿Crees que ya las mujeres temen hablar menos de feminismo?

–Creo que ya son muchas menos las mujeres que temen hablar de feminismo, porque se ha hecho un trabajo de despenalización social a la palabra y de sensibilización y en eso ha sido importante la cultura pop. Y eso es un cambio considerable. Pero eso no quiere decir que no tenga costo. Muchas mujeres se oponen, porque lo que queremos es un cambio de poder y mover el statu quo. Este está concentrado en los hombres y lo queremos de manera justa y equilibrada. Y la gente que tiene el poder no lo quiere soltar y algunas mujeres han llegado a él haciendo alianzas con el machismo. Y también hay mujeres que no están en posición de escoger, por eso hay muchas mujeres machistas que temen que ese sistema de poder que las protege y las cuida se vaya a cambiar o se vaya a acabar.

Claro que no lo pensamos en estos términos, pero esto es una lucha por el cambio de poder. Y a las feministas nos castigan es porque se cree que la mujer solo debe estar en público hablando de recetas de cocina. Y segundo, las feministas no salimos a hablar en lo público sino que invitamos a hablar a otras mujeres y esa es una doble transgresión que debe ser castigada y esa es la razón por la que el feminismo es una conversación incómoda. Y será relevante mientras sea difícil.

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