Una escuela semilla

Visitamos un recinto autosustentable impulsado por un grupo de amigos en Uruguay bajo el concepto del arquitecto Mike Reynolds“El guerrero de la basura”

Por Sengo Pérez
Una escuela semilla

Botellas, latas, cartón, plástico, neumáticos, no tienen generalmente otro destino que hacer crecer un basural. De no ser por la visión del arquitecto estadounidense Mike Reynolds, quien desarrolló un método que los reutiliza para crear construcciones autosuficientes, alimentadas a lluvia, sol y viento. Libres de cuentas de luz y de agua.

Cuatro años atrás, un grupo de amigos conoció su historia a través de un documental (Garbage Warrior o Guerrero de la basura, de Oliver Hodge, 2007) y soñó una escuela pública en Uruguay mediante esa modalidad. Martín Espósito era uno de ellos y hoy es el coordinador de Tagma, una organización sin fines de lucro que nació para llevar a cabo ese proyecto: “Era una idea tan grande, que en ese momento equivalía a planificar un viajecito a la luna. Y eso es verdad, porque siempre fuimos simplemente un grupo de amigos que no sabíamos nada de construcción, ni de procesos gubernamentales, intentando hacer algo más grande que nosotros mismos, una escuela igual a la que hubiéramos querido ir cuando éramos niños”.

Establecido el contacto, y el interés de Earthship Biotectur –la empresa de Reynolds–, comenzó a edificar el sueño. Y así, a punta de pacientes reuniones de persuasión, fueron venciendo las trabas burocráticas. El lugar elegido fue Jaureguiberry, un espacio de ensueño a 80 kilómetros de Montevideo, en donde la idea se planteó a los moradores de lugar –unos 500– quienes hace 25 años que reclamaban una escuela. La intención era transmitir que no era una simple construcción; la escuela debía ser un símbolo, y todos deberían participar de alguna manera en su construcción.

Las paredes hechas de material aparentemente inútil debían ser un mensaje sobre reciclaje, sustentabilidad y convivencia. Sus muros debían hablarnos y decirnos que otro mundo es posible.
Posteriormente se fueron realizando talleres para padres, hijos, docentes de la escuela y el entusiasmo fue creciendo.

Lo primero era reunir el material, y buena parte fue recolectado por niños, sus padres y los vecinos: 8,000 latas de cerveza o refrescos, 5,000 botellas, 2,000 envases de plástico y 2,000 metros cuadrados de cartón. La Cámara de neumáticos donó 2,000 cubiertas. Fuera de esto, al no tratarse estrictamente de una bioconstrucción, también se necesitó materiales tradicionales, como maderas y vidrios, paneles solares y tanques para almacenar el agua de lluvia.

El 1 de febrero, en un terreno donado por la Intendencia del departamento de Canelones, donde pertenece Jaureguiberry, se inició la construcción financiada por empresas privadas a través de sus programas de responsabilidad social.

Un día antes, desde Nuevo México, había llegado a Montevideo el guerrero de la basura con su grupo constructivo y en el terreno de la futura escuela, 80 voluntarios de 30 países, 60 de Uruguay, desde 19 años de edad, y 20 trabajadores esperaban la orden para empezar. Mike, con 71, fue uno más de ellos.

“Aprenderán viviendo”

Francesco es uno de esos voluntarios, no es navegante como su ilustre paisano, Cristóbal Colón, pero no dudó en cruzar el Atlántico, a diferencia de aquel, sabiendo lo que iba a encontrar. Se preparaba para terminar en Suecia la tesis de sus estudios para la sustentabilidad cuando le llegó la noticia: una escuela rural bajo esa modalidad, para niños de Educación Primaria, se iba a construir en el lejano Uruguay y él quiso ser parte de ello. Participó en la construcción que también es a la vez un curso práctico de la construcción sustentable y que lo faculta a construir bajo esta modalidad.

Ahora parte de Tagma y encargado de la capacitación de los docentes en cuanto al funcionamiento para que ese conocimiento sea transmitido a los estudiantes, resume la importancia de la escuela: “Tiene el potencial para cambiar la manera de vivir, enseña desde la experiencia, no solamente la sustentabilidad desde el lado constructivo que los niños compartieron, viendo cómo y de qué se hacía, sino en la interacción diaria cuidando sus plantas, cosechando sus frutos, comiéndolos.

La educación acá es una educación para la vida, tiene una dimensión más amplia, va mas allá del cuidado del medioambiente, y al involucrarlos en el edificio mismo junto a la comunidad afirma otros valores como la responsabilidad. Acá aprenderán más allá del pizarrón, aprenderán viviendo”.

No amilanó a los voluntarios el sofocante calor del verano, ni la lluvia, y con un entusiasmo que le ganó al cansancio, trabajaron durante 30 días para erigir una escuela modelo de 270 m2 con tres aulas de 50m2, dos baños, y un invernadero que recorre toda la construcción, para 100 niños. El compromiso de la comunidad fue tal que hasta los encargados de la comida buscaban en Internet recetas típicas de los países de los visitantes para que se sintieran como en casa.

Cómo funciona

La construcción usa la complicada tecnología lograda en millones de años de evolución del hombre, en comunión con lo más simple y más antiguo de la naturaleza, el sol y la lluvia. Y la dedicación de Reynolds, para hacerla real. Semienterrada en un terraplén que actúa como fachada térmica, tiene 10 tanques que acumulan 30,000 litros de agua de lluvia que aseguran el líquido hasta por siete meses en caso de una improbable sequía.

El agua, al pasar por tres filtros se usa para el lavado de manos y tras el quinto, se hace potable. Esta agua, una vez usada, va al invernadero, donde crecen frutos al cuidado de los propios niños, para ser filtradas naturalmente por las raíces y volver al baño para su uso en los inodoros.

Pero hasta esta agua, con materiales orgánicos al almacenarse en tanques sin presencia de oxígeno, y no generar agentes patógenos, es nuevamente aprovechada para el crecimiento de plantas no comestibles como papiros o palmeras, en una especie de humedal. El pozo séptico no necesita ser vaciado, es decir, la construcción tiene su propio saneamiento no contaminante.

La temperatura de la escuela por un método natural que utiliza la capacidad térmica de los materiales usados y un sistema de ingreso del aire, conectado a tubos de ventilación, oscila entre 18 y 25 grados centígrados.

La energía es producida por unos paneles que utilizan la luz solar y otros la radiación, la cual se almacena en baterías y en su invernadero ya crecen alimentos orgánicos que serán cuidados por niños y docentes.

El 16 de marzo, la escuela fue entregada al estado uruguayo encargado de la educación pública y el 30 de marzo, 40 niños que habían tomado parte activa en el proceso, ingresaban con algarabía al mundo que habían ayudado a construir. Difícil creer que un primer día de clases, después de las prolongadas vacaciones estivales, generara tanta alegría: “¡Es grande, tiene mucha luz…y hay plantas!”, resume Melina, de siete años, desde la simple y profunda sencillez de la infancia.

“El guerrero de la basura”

•    Construcciones. Mike Reynolds tiene tres obras en Sudamérica: una escuela de música en Chile, y dos casas en Argentina (Ushuaia y El Bolsón). También  ha construido en lugares como Sierra Leona, Australia, Escocia, Bélgica, España, Francia, Holanda Canadá, Estados Unidos, Guatemala, Haití, y México, entre otros.
•    Frase. “Me siento como en una manada de búfalos. Todos forman parte de una estampida que va hacia un precipicio, y caen uno tras otro. Yo estoy en esa manada, y pienso: No quiero ir hacia allá, yo no voy a caer. Así que de alguna manera, debo convencer a toda la manada para que gire a tiempo y no caiga a ese precipicio”.

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