#LaVerdadVerdad: Una nueva cultura política

La pasión constructora de nuestros gobernantes, desde Nicolás de Ovando hasta Danilo Medina, permitió crear ciudades, pero no ciudadanía. La falta de ciudadanos hace mucho más difícil la elevación del edificio democrático.

La miseria material de hace dos siglos se prolonga en la miseria espiritual presente. El ser nacional se formó en los caseríos dispersos por los montes que habitaban mulatos y negros libertos que no respondían a ninguna regulación. Las leyes de la metrópolis se quedaban en los escritorios de la burocracia colonial.

Los siglos de convivencia como chivos sin ley convirtieron en una segunda naturaleza nuestra indiferencia normativa. La relación del criollo con las normas fue y sigue siendo oportunista. Esa es la razón de que hasta la Constitución se vea como una norma provisional que debe ajustarse al capricho del mandatario de turno.

Los ensayos históricos nacionales consignan la reiterada práctica del continuismo presidencial. Los que llegan al poder, aunque sea bajo un credo liberal, no consiguen sustraerse a esta nefasta práctica. El inventario de reformas constitucionales realizadas indica que treinta y dos de treinta y nueve fueron realizadas para permitir la reelección presidencial.

El ensayista Miguel Ángel Monclús escribió que la Constitución era para los políticos criollos una especie de tereque cuya razón de ser no se explica. Los presidentes desde siempre hacen y rompen constituciones a su antojo. La última, que prometía por sus muchos aciertos mayor durabilidad, ya fue mancillada con el eterno propósito reeleccionista.

Los discursos de celebración del 6 de noviembre indican que en la cabeza de no pocos hombres públicos ronda la aventurera idea de intentar otra reforma con el fin de propiciar un tercer período. Los argumentos más absurdos comienzan a ensayarse en la opinión pública.

La sociedad, si quiere preservarse de la perdida de la libertad, debe elevar un muro de contención de buen sentido ante la machacona insistencia del servilismo incondicional que aúpa con vehemencia en el presente lo que en el pasado rechazó.

El continuismo fue malo en el pasado y lo seguirá siendo. La historia democrática nuestra demuestra que muy pocos gobernantes merecieron la distinción de un segundo período. La experiencia actual nos permite afirmar que mucho menos tres consecutivos.

El mejor consejo es que nos decidamos, gobernantes y gobernados, a romper la costumbre continuista para iniciar una nueva cultura política de alternabilidad democrática garantiza constitucionalmente.