#LaVerdadVerdad: Los policías y la seguridad

La seguridad es añeja preocupación ciudadana. Las mediciones lo confirman con una consistencia predecible. El plan de seguridad que ocupa a las autoridades para responder a la preocupación de la sociedad no consigue nunca alcanzar la implementación.

Lo único que se logró alcanzar fue la aprobación de una ley de reforma policial que todavía espera por su reglamento. El esfuerzo, como siempre, mucho mayor que el resultado. Lo nuevo no consigue saltar de la tinta y el papel a la realidad. La Policía Nacional sigue siendo la misma de siempre.

El estancamiento no se debe solo a la falta de aplicación de la norma, sino a la ausencia de verdadera voluntad de cambio. La sociedad está incómoda con la institución policial, pero la institución se siente cómoda consigo misma; y esta comodidad es producto de la aceptación y la colaboración con la deformidad delincuencial.

Las estadísticas indican que la participación de agentes en acciones delincuenciales es preponderante. Las propias autoridades policiales, a través de las purgas continuas, reconocen la existencia de esta realidad. Las cancelaciones son cotidianas, pero es como tratar de sacar agua bajo la lluvia. La fuente que produce los nuevos agentes está contaminada.
El país, claro está, tiene los policías que paga. Las condiciones laborales de un agente son indignas. El paquete ofrecido no les garantiza una mínima seguridad familiar. Nadie puede dar lo que no tiene. Los bajos ingresos y deficiente beneficios explican, aunque no justifican, la mala conducta de los agentes. La paga que le niega el orden legal es suplida por el desorden ilegal.

El asesinato del raso Paul Encarnación Mejía y su niño de dos años es una consecuencia de la degradación de la institución policial. El resultado de la investigación confirma la participación en el doble crimen de dos agentes activos. Los superiores lo reconoce por su honestidad y dos de sus compañeros lo matan por la misma razón.

La honestidad no está segura ni siquiera uniformada. El hecho debería servir de alerta para despertar nuestro sentido de urgencia y agilizar la tan cacareada transformación policial.

Lo que sea que estemos haciendo ahora, no lo estamos haciendo bien. Los pobres resultados así lo indican.  La inseguridad crece en audacia y amenaza con ahogar con su gran capacidad de intimidación toda sensación de paz.

La primera responsabilidad de todo Estado es garantizar la seguiridad de todos sus ciudadanos. El nuestro no cumple esa responsabilidad.