#LaVerdadVerdad: La eterna repetición de maldades

El antiguo problema filosófico sobre la permanencia y el cambio, que cristalizaron para la eternidad Parménides y Heráclito, sigue teniendo vigencia en el análisis de la historia política de las sociedades. En el tiempo presente todo nos parece como detenido, pero la mirada extendida hacia el pasado nos muestra una impresionante variación.

La sociedad que hace dos siglos esperaba el situado de los barcos coloniales no es ni remotamente la misma; porque ahora, por esos mismos puertos, entra y sale una riqueza impensada por ese criollo antiguo. Entonces, ¿por qué sentimos todavía el estancamiento? No hay corrillo de plaza pública, sesudo análisis de medios tradicionales o debate digital que no supure el pesimismo de las cosas detenidas.

La experiencia acumulada de siglos y saberes nos permite hacer la síntesis del debate dialéctico entre Parménides y Heráclito, entre la permanencia y el cambio: los dos tenían razón y estaban a la vez equivocados, porque algunas cosas cambian y otras permanecen. La realidad exterior del mundo cambia, pero el perfil interior y básico de lo humano cambia muy poco.

La psicología, que describe los rasgos de personalidad individual, hermanada con la sociología en una nueva disciplina común alcanza también a describir esos mismos rasgos de las colectividades humanas. La historia de las sociedades recoge patrones de actuación en la experiencia vital de los pueblos. La lectura, por ejemplo, de los ensayistas clásicos sobre la realidad criolla nos muestran al dominicano eterno; con mayor o menor acierto, lo que se decía antes de nosotros todavía es hoy aplicable en muchos aspectos.

Don Federico García Godoy, en su libro el Derrumbe, escribió sobre la “eterna repetición de maldades” de nuestros hombres públicos. La costumbre de olvidar los principios que se defendieron desde la oposición cuando se llega al poder; la inclinación al personalismo de creerse imprescindible; o la proclividad a convertir los bienes públicos en bienes privados. Lo que antes hizo un Báez, ahora también lo hacen los demás. El poder institucionaliza el mal como proceder efectivo, porque siempre se hizo así.

Los hombres públicos son arquetipos de la sociedad que les tocó vivir. Las mañas que vemos e ellos son las mismas que comparten sus contemporáneos. El pueblo que les vota no es un convidado de piedra. La única manera de conseguir un cambio que pueda imponerse a la permanencia de esa “eterna repetición de maldades” es si todos empezamos a combatir en nuestra propias almas esas malas raíces.

Alguien dijo que para que un pueblo sea bueno, bastaría que sus gobernantes fueran buenos. La afirmación correcta es la contraria: un pueblo bueno, solo tendría gobernantes buenos.