#LaVerdadVerdad: Gasto militar sin propósito

La meta de la Alianza Atlántica era mantener a Estados Unidos en Europa, a Rusia fuera de ella y a Alemania pequeña. Eso se dijo, entre broma y broma, cuando fue fundada la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan) en 1949, la más poderosa alianza militar de la historia, creada en la emergente Guerra Fría, para encarar a sus adversarios del Pacto de Varsovia, liderado por la Unión Soviética.

Mucha agua ha corrido bajo los puentes desde esos días. Ya no existe la Unión Soviética ni el Pacto de Varsovia, pues todos sus miembros, salvo Rusia, se han plegado a la Otan. En estas circunstancias, cabría preguntarse para qué sirve la  Alianza. Bueno, a menudo es más fácil crear una organización que disolverla. Por lo demás, la Otan no tiene tropas propias bajo su mando, sino que depende del aporte de sus 29 países miembros.

Con el fin de la Guerra Fría, el grueso de los países europeos aprovechó el llamado  “dividendo de la paz”. Al no enfrentar estados enemigos, bajaron en forma considerable sus partidas para la defensa. Pero ahora son reconvenidos por el presidente Donald Trump que les enrostra el “aprovecharse de Estados Unidos”. Washington destina 3,5 por ciento de su producto interno bruto (PIB) a la defensa. Lo que, dada la dimensión de su economía, es casi tanto como lo que gasta el resto del mundo para el mismo propósito. Además, el Pentágono tiene una exclusiva política de “poder global, alcance global”. Esto quiere decir que puede desplegar tropas y un amplio poder de fuego, en plazos breves, en cualquier punto del planeta.

El acuerdo en el seno de la Otan es destinar 2% al área bélica. La mayoría de los miembros, sin embargo, está por debajo de este porcentaje destinado a la seguridad colectiva, pues la organización se rige por el principio de los  Tres Mosqueteros: “Uno para todos y todos para uno”.

Eso significa que el ataque contra uno de los países miembros equivale a una agresión contra todos ellos. En rigor, la Otan dejó de ser una estructura defensiva en 1999, cuando tomó la iniciativa, unilateral, sin aprobación del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y desencadenó una ofensiva militar contra Belgrado para proteger lo que consideró la población amenazada de Kosovo, una de las provincias de la antigua Yugoslavia. En julio de 2006 amplió su radio de acción en forma drástica con el envío de tropas a Afganistán.

Trump ahora insta a sus aliados a subir sus presupuestos de defensa a un exuberante 4% del PIB. Lo que el presidente estadounidense no ha dicho es cuál es el propósito de semejante gasto. Ni siquiera en los momentos más álgidos de la confrontación Este-Oeste se llegó a semejantes cotas. España ha dicho ya que no elevará su gasto y Alemania ha prometido que aumentará su gasto bélico a 1,5% de su PIB, en 2024. La mayoría de los países ha concluido que la posibilidad de conflictos entre ejércitos regulares es baja. Ante este diagnóstico aparece exótica la demanda de incrementos  desmedidos. Lo que sí aumenta es la distancia y tensión entre Washington y sus aliados europeos.

RAÚL SOHR
ANALISTA INTERNACIONAL
METRO INTERNACIONAL