#LaVerdadVerdad: Agua bendita

El papa Francisco nos invitó a un día de oración por el cuidado de la Creación. Ya es el cuarto año en que lo hace, a raíz de su encíclica Laudato Si, sobre el cuidado de la “casa común”, la Tierra, este modesto planeta que estamos destruyendo y para el que no hay reemplazo.

Nos invita a tomar conciencia de nuestra responsabilidad por nuestro mundo y a rezar por él, ya que la labor humana se debe dejar acompañar por la asistencia divina, el Creador, a quien le debemos todo lo que tenemos. El Papa invitó a todas las comunidades e iglesias cristianas, ya que en esto de “cuidar la casa” no hay barreras ni distingos. Todos somos responsables en esta tarea común. Para esta ocasión, el tema específico es la cuestión del agua, “un bien primario que debe ser protegido y puesto a disposición de todos”, como dice el Papa en la invitación.

Los desastres medioambientales provocados en Quintero nos recuerdan el delicado equilibrio que existe en la naturaleza; que la acción del hombre no es inocua, deja huella y puede provocar más mal que bien. La idea de un progreso humano desentendiéndose de los impactos en el medio ya no es posible. Nunca lo ha sido. Pero hoy las consecuencias son atroces y, lamentablemente, irreversibles. El verdadero progreso es aquel que provoca un impacto positivo en el medio y no una serie de “costos marginales”, que finalmente lo pagan otros.

Tanto la pobreza energética como el acceso deficiente al agua potable suponen dos casos flagrantes de violación de los derechos humanos ante los que los cristianos no podemos permanecer indiferentes. El tema no es baladí. Sólo el 2% del agua es potable. Y será un problema en los próximos decenios. A menos de que tomemos medidas. Y pronto.

Hay ejemplares iniciativas en ese sentido. En Asia “bombardean” grandes zonas desérticas con semillas de árboles desde aviones. En África se sembrará un “cordón verde” que cruzará todo el continente para frenar la desertificación y atraer el agua. Los chinos quieren ir más lejos. Dicen que “harán llover” sobre las grandes ciudades de ese país-continente en unos años más. Y seguro lo logran.

La fe cristiana llama a hacerse responsable de la casa común, a tomar conciencia que los bienes son escasos y el patrimonio común. Por lo que enmendemos el rumbo y crezcamos en justicia y responsabilidad.

Hay que acostumbrarse a vivir más sobriamente, a moderar el consumo de recursos y a educar en la sostenibilidad.

Ser cuidador y custodio de la creación se convierte, por tanto, en la tarea principal que Dios encomienda al hombre; una tarea que requiere de una sólida formación y de una “sensibilidad sacramental”, pero también de una imprescindible conformación de nuevos hábitos, más fraternos, más humanos.

Hugo Tagle
Columnista Metro Chile
Metro Internacional