¿Superación personal? Claro, Jacqueline Montero

Experiencia de vida: Ha sabido superarse de los abusos de todo tipo y colocarse en situación de ayudar a los demás

Por manauri jorge @ManauriJorge
¿Superación personal? Claro, Jacqueline Montero

De los 12 hijos que tiene Jacqueline Montero, hay nueve que fueron adoptados de mujeres que no podían –algunas no querían- asumir la maternidad. El primero lo acogió cuando tenía 10 años, justo después de ser violada por vez primera. Ella pasó de la prostitución a la teología, de los golpes a la protección, del abandono a ser matriarca, de dormir en la calle a ser diputada.

Su calvario tuvo génesis incluso antes de nacer porque su mamá abandonó a su papá después de una traición imperdonable. Nació en el ocaso de 1970 en San Juan de la Maguana y allá estuvo hasta los cinco años cuando deciden darle mejor vida en Haina, San Cristóbal. Al cumplir los seis, su mamá la mandó a vivir con una tía para que tuviera mayores oportunidades de estudio.

Proyectaba mucha inteligencia y habilidades natas para ser maestra, sobre todo porque asistió a escuelas de fundamentos cristianos. Cuando cumplió los nueve, a su casa llegó el nuevo esposo de su prima de crianza, un policía fornido de carácter recio y calculador; un día aprovechó la soledad con la niña Jaqueline y abusó de ella, y otra vez, y otra vez, y otra vez…

Cuando la víctima cumplió 14 años recolectó algunas botellas y las cambió por centavos que más tarde usó para irse a Haina, no sin antes dejar una carta donde explicaba las razones de su partida inesperada; ni su tía, ni su mamá, ni nadie le creyeron –todavía no le creen-. A los 15 conoció un compañero de iglesia del que se enamoró y un año después se casaron. Los primeros días de matrimonio fueron divinos, pero muy cortos. Él soltó la biblia y agarró el alcohol, mucho romo.

Meses después llegaron las ofensas y luego los golpes la llevaron varias veces al hospital. Uno de los diagnósticos arrojó que tenía el útero atrofiado y tener hijos le sería imposible. A los 17, después de una golpiza salvaje, abandonó al victimario; una amiga le propuso irse a Baní (Peravia) a trabajar como cajera, pero ese mismo día el puesto ya tenía ocupante.

Ya había terminado un curso de recepcionista y visitó muchos lugares en busca de una oportunidad, pero se la negaron. “Recuerdo que fui a una empresa y al lado mío había una muchacha blanquita de ojos verdes; yo hice el entrenamiento mejor que ella, pero el puesto no me lo dieron porque en este país hay mucha discriminación, o por lo menos en ese tiempo”.

Sola y sin razones aparentes para vivir, Jacqueline cayó en un estado depresivo crítico; intentó suicidarse lanzándose a un camión que no la aplastó por la destreza del conductor. El chofer la reconoció y la llevó hasta la casa de su mamá en Haina, pero su incapacidad de ver optimismo la motivó a irse a la calle. “Pensaba que ya no servía, que era una carga para mi familia”.

Sucia, con hambre y el alma desgastada, una conocida le propone irse a un cabaret para ejercer el trabajo sexual. “Mi primer cliente fue una pesadilla porque no quería hacerlo y cuando ese hombre se me subía arriba a quien veía era a mi esposo y al policía. Me negué y me fui, pero al otro día descubrí que estaba embarazada y ya no era opción, era una obligación venderme porque mi esposo pensaba que no era de él y me dijo que lo mantuviera sola”.

“Con el embarazo dormía en la calle y en los cabaret. Seguí trabajando hasta los siete meses porque ya no podía ocultar la barriga y le vomitaba arriba a los clientes. Tuve mi hija y se la entregué a su abuela para seguir buscando el peso ya que nadie me ayudaba. Lloraba y sufría mucho; ninguna mujer, en su sano juicio, disfruta ese tipo de vida, es algo desgarrador”.

Según ella, dentro del cabaret la vida era paupérrima: cada empleada debía pagar su alimentación, incluyendo el agua que se tomaba. Usualmente el dueño del negocio tiene un salón de belleza y una tienda que ellas están obligadas a consumir. El dinero que los clientes dan para tener sexo es solo del dueño y ellas reciben un pago quincenal entre cuatro mil y seis mil pesos, dependiendo la demanda.

Y así llegaron y se fueron muchos clientes, la mayoría desagradables, otros peores. Conoció algunas de las 90,000 trabajadoras sexuales nativas, aunque las preferidas siempre fueron –y son- las menores de edad. Cuando ella cumplió los 21 abordó un carro público con cuatro hombres que posteriormente la violaron, saquearon y maltrataron hasta dejarla por muerta.

Desorientada y mal herida,  salió a una carretera donde alguien la auxilió y la llevó al hospital. Días después, cuando ya podía caminar sin quejarse, regresó a su trabajo. Jaqueline seguía abriendo las piernas, pero el rencor fermentado hacia los hombres explotaba de vez en mes y lloraba a solas, después que el cliente gastaba el servicio con una eyaculación que un día de suerte era precoz.

En ocasiones copulaba hasta con 10 hombres en una sola noche para tener el dinero suficiente con qué mantener a sus hijos y los de otras. Cobraba 900 pesos quincenales y algunos usuarios le pagaban aparte para tener sexo sin preservativos. Se considera dichosa de no haber adquirido una enfermedad mortal, suerte que no corrieron muchas de sus compañeras fallecidas.

“Ya no más”
Uno de sus contratantes a veces le pedía que cerrara las piernas y abriera su corazón: se enamoraron. Con ese hombre tuvo dos hijos y llegaron a vivir juntos, pero no pudieron mantener la relación porque ella quería cambiar de vida y él era parte de un pasado maldito. Con tres vástagos, Jaqueline entendió que no podía seguir en “el oficio más antiguo del mundo” y decidió estudiar enfermería. En su interior algo le gritaba: “¡Ya no más, ya no más!”

“Recuerdo que las clases eran en las mañanas y cuando llegaba me dormía porque salía del cabaret para allá. Aun así me destaqué y al final me hicieron un reconocimiento. Eso me motivó y fue cuando entendí que tenía mucho por ofrecerle a la vida; a los 29 años, lo recuerdo como ahora, dejé el trabajo sexual. Estudié estilismo, me capacitaron en prevención de enfermedades de transmisión sexual y me convertí en facilitadora. Ganaba poco, pero ganaba”.

Durante los 12 años que duró arrendando su vagina se ganó el respeto de sus clientes y compañeras porque no era como el resto de servidoras: tenía criterio y creencias teológicas muy fuertes. También fue víctima de policías que exigían sexo gratis a punta de pistola –“todavía lo hacen”-. Concomitante a su oficio, asumía la responsabilidad de criar hijos prestados.

Y así llegó hasta la docena de vástagos, la más pequeña de 10 años. Durante la conversación que sostuvimos confesó que horas antes le ofreció a una trabajadora sexual cuidar de su neonato porque estaba ebria mientras el bebé lloraba de hambre. Cuando habla de su maternidad se infla su alegría y le brillan los ojos, como si drenara todo el dolor vivido desde los nueve años, o desde antes.

Jacqueline Montero –un solo apellido porque su progenitor nunca asumió la paternidad- se motivaba con cada curso que lograba. Así acumuló muchos diplomas, experiencias y respeto. Se convirtió en una líder, no solo de Haina, sino de todo el país y más allá. Su fe y creencia en Dios la llevaron hasta la teología y logró la licenciatura con honores.

Desde hace muchos años es la directora del Movimiento de Mujeres Unidas (Modemu), un centro de formación y orientación para grupos vulnerables, especialmente las trabajadoras sexuales. Las paredes de este colectivo, ubicado en Ciudad Nueva, guardan muchos secretos de mujeres y hombres abusados por terceros, incluyendo parientes y gente de alta reputación social.

Recuerda que en una ocasión llegó hasta un tribunal para defender una trabajadora sexual que había sido agredida por un hombre y cuando entró a la sala reconoció al juez: era uno de sus clientes. Al terminar la audiencia el magistrado le pide su número para tener “una cita” y ella le aclara que ya no ofrecía esos servicios. El titular se repuso y la felicitó, aunque le instó discreción.

Cuando la gente la ve ya no la margina por su pasado, sino que la admira por sus logros. En las elecciones de 2010 le propusieron lanzarse como regidora y, pese a su incredulidad por inexperiencia política, Jaqueline gana y se convierte en la concejal preferida de su comunidad. Crea varios centros de capacitación y multiplica la ayuda a las féminas.

“Me siento feliz cuando ayudo a la gente… como un travesti de 17 años que vino a pedir agua y me confesó que vivía en una cueva porque su familia lo abandonó cuando reveló su homosexualidad. Me comprometí en ayudarlo y logramos estabilizarlo: ya no pasa hambre, tiene casa y pronto dejará la calle. Quiero brindar la mano a todos los que pueda, no importa quienes sean”.

En mayo pasado se celebraron las elecciones nacionales y Jacqueline ganó una diputación, aunque reconoce que también en la política ha sido víctima de traición. “Lo que busco es crear leyes para defender a las mujeres, para cambiar el machismo y hacer una sociedad más justa. Pienso que Dios me eligió para ayudar a la gente y ser ejemplo de que se puede lograr lo que sea”.

En el libro “Ríen mis labios… llora mi alma”, de Laura Murray, se relata la historia 13 trabajadoras sexuales, entre ellas la nueva diputada.

Todas hablan de sufrimiento, abandono, violaciones y depresión. En Dominicana la prostitución no es penalizada, pero se abusa con rabia de sus practicantes y más si es travesti. Salir del infierno es difícil, pero se puede. ¿Verdad Jacqueline?

Oferta sexual

Existe la organización Hombres Trabajadores Sexuales (HTS) que ya tiene cuatro años. Son jóvenes de buena apariencia y fornidos que ofrecen servicios sexuales a mujeres, mayormente adultas. De acuerdo con los testimonios, suelen verse en las discotecas, gimnasios y hoteles cuando abordan a las mujeres, las conquistan y luego hacen el intercambio de sexo por placer.

Testimonio

Recuerda que en una ocasión llegó hasta un tribunal para defender una trabajadora sexual que había sido agredida por un hombre y cuando entró a la sala reconoció al juez: era uno de sus clientes. Al terminar la audiencia el magistrado le pide su número para tener “una cita” y ella le aclara que ya no ofrecía esos servicios. El titular se repuso y la felicitó, aunque le instó discreción.

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