Los tonos del polémico verde

Los tonos del polémico verde

Vivo en una media isla parcialmente nublada de macroeconomía y abrumadoramente contaminada de necesidades perentorias. Es una sociedad de matices donde todo es relativo, lo bueno no es tan sabroso ni lo malo tan desabrido, pero en este corral es que pululamos con el marrón de la pobreza, el rojo de la sangre que se gana la delincuencia, el azul del mar que vomita la basura que le damos y el blanco en los bolsillos de los pendejos.

Claro, no puede faltar el verde, el mismo color de la cerveza más popular de la región, el de la esperanza onomatopéyica, el del partido que nunca ha sido independiente, el de las ramas que protegen el escudo quisqueyano, el de nuestra naturaleza imponente, el de las verduras que sazonan nuestros moros, el del plátano que sigue invicto, el del WhatsApp que usamos para convocarnos y, por supuesto, el del movimiento cívico Marcha Verde.

Tanto es el afán por tintar el país de prásino que ahora se ha dividido la nación por una cuestión pendeja de opositores y oficialistas. Si luces una pieza verde eres enemigo acérrimo del gobierno y no tienes permitido estar en ningún lugar donde la figura del capitán se exhiba. Ya sufrieron las secuelas dos maestras en el Cibao cuyos uniformes diarios son de ese color, aunque en un tono más pálido. Lo propio sucedió con una periodista que mandaron a cambiar de ropa.

En el Congreso Nacional se dio lo propio hace meses con un legislador y hechos similares se han registrado con agentes que apoyan la marcha, pero entra en disputa si su condición armada está por encima de su opinión social. Incluso, corren las versiones de instituciones públicas donde está prohibido que sus empleados ingresen con cualquier signo verde, y si piensa en un tatuaje procure que la tinta sea de cualquier color, menos ese.

Pasa lo contrario del otro lado de la acera. Si no portas una prenda del jodido tono aquel, entonces eres un corrupto que apoyas a los ladrones estatales. Tienes que llevar esa tendencia hasta en la sopa –que también va por esa línea- y si no lo haces, te crucifican. Apoyar una lucha social no puede limitarse a exhibirse en las redes y gritar coros revolucionarios sustentados por fuerzas variopintas donde aparecen todos los colores, incluyendo barras y estrellas.

Ambos extremos son dañinos, tóxicos, mortales para la democracia y los derechos fundamentales de todo el vivo. Por un lado, impiden usar el verde en cualquier contexto oficial y, por el otro, lo imponen si quiero la cabeza de la cúpula gubernamental. Ninguna de las dos versiones del cuento las creo porque atentan contra mi libertad y eso, mis estimados luchadores, no se lo permito a nadie, a nadie.

Dentro del tren gubernamental hay funcionarios de todos los tamaños que visten morado todos los días y le han hecho más daño al país que cualquier manifestante verde. De hecho, ninguno de los gobernantes que ha tenido la nación en los últimos 50 años ha sido verde y nos han llevado a un empujón del abismo colectivo. El más cercano fue Jacobo con el PRI y los pocos meses que estuvo en el poder ni pensaba en formar ese partido, que surgió por conflictos con el líder mulato.

Pero en esas marchas también hay sus bemoles porque se visten de verde quienes no tienen calidad moral para llevar otro color que no sea el del triste y pálido gris que cargan las lágrimas de sus víctimas. Ahí, en ese tumulto de buena fe, se cuelan demonios con pancartas pidiendo que saquen al que está para entrar ellos y ser los primeros en ordenar plomo contra quienes les subieron. Hay mucha gente buena, pero no son todos los que están; ese azufre hiede mucho.

Y me suelen preguntar el por qué no he participado en esas concurridas marchas regionales. Sinceramente, porque esa modalidad de lucha es anacrónica, porque no pudiera caminar al lado de gente que con su mejor perfume apesta, porque mi opinión no puede estar limitada a uno de los tantos colores que tiene la conciencia, porque antes y después de las manifestaciones las acciones de algunos son peores que los criticados, porque nunca se hizo una marcha nacional contra la minera canadiense, por la depredadora de Miranda, por la delincuencia maldita, por las familias desalojadas, por los obreros sin pensión, por los niños que mueren de desinterés oficial, por las aguas contaminadas, por ti, por mí o por cualquier jodido.

En la otra esquina me señalan de revolucionario camuflado porque no apoyo las vagabunderías estatales. Lo cierto es que no aplaudo disparates, aunque se ría el monarca; mi país no mejora con esas acciones sino con críticas y propuestas acertadas. Por jugadas del destino o antojos del cosmos he laborado en instituciones donde el criterio es respetado y eso amortigua las presiones de terceros. Mi compromiso es con mi país y su gente, por eso sigo donde estoy.

0No soy verde, ni morado, ni azul, ni rojo ni blanco. Soy de todos y de ninguno. Soy de cualquier voluntad que busque sinceramente mejorar lo que haga falta y multiplicar lo que valga la alegría, no importa la esquina de donde venga. Los extremos nunca han sido buenos, ni siquiera en lo bueno, y por eso me contagio de la liquidez de Bauman, con comprensión elástica y firmeza de criterio sin tapujos. El mundo lo que necesita es amor para seguir y ese color está en el aire.

#Seguimos