Carencias insospechadas

Carencias insospechadas

Vivíamos en el apogeo de la Era Trujillista. En un remoto campo del Este del país, en medio de una noche lluviosa y oscura, un mozalbete cubierto con una yagua cual si fuera un paragua, se presenta en la casa del señor Fulgencio Cabrera; el muchacho lleva un mensaje de su padre: saludos Don Fulgencio, dice mi papá que si Ud. puede prestarle sus zapatos que él va a salir mañana y Ud. sabe como está la cosa en el pueblo. El buen hombre que era Fulgencio Cabrera no pudo complacer la solicitud de su compadre por lo que le mandó sus excusas con el muchacho pidiéndole que le explique a su progenitor que ya se lo había prestado para los mismos fines al vecino.

Esto ocurría porque El Dictador había prohibido andar descalzo. Tal vez sería útil decir que El Generalísimo era dueño de una fábrica de zapatos. Esta anécdota revela el nivel de carencias en que vivía la gente en aquella época, mediado del siglo veinte, en República Dominicana.

Hoy en el inicio del siglo veintiuno el Ingeniero Ramón Alburquerque acaba de hacer una singular revelación. Ha dicho que en su accionar político, al tratar de resolver algunas de las necesidades perentorias de la gente, ha encontrado que una de las más urgidas es la falta de lentes para leer. Hablamos de lentillas de poco más de cien pesos. ¿Cómo hacer proselitismo y entregar documentos políticos a gentes que no pueden leer por falta de lentes? Algunos pensarán que en esta época el gran problema lo constituye no tener acceso a la red de internet. Pero no. Muchos dominicanos carecen de unos pobres lentes.

Debo contar que un analista de la cotidianidad en un programa radial hablaba del crecimiento económico del cual, según su criterio, disfruta nuestro país.  Sustentaba sus afirmaciones en el desarrollo de la comunicación. Su compañero de programa le ripostó con acierto: cómo hablar de crecimiento económico partiendo del negocio de la comunicación si aquí lo que hay es un grupo de gente sin minutos. Nadie duda de que este último comentarista tuviera toda la razón. Quizá no deba terminar este recuento de carencias, sin repetir lo que me han contado mis grandes amigos de Padre Las Casas donde, según sus versiones, dos célebres hermanos se prestaban las cajas dentales para ciertas urgencias.

Aquí vivimos en dos países distintos, uno de modernidad y abundancias extremas; otro, de carencias insospechadas