Feo y sinvergüenza

Feo y sinvergüenza

Esto ocurrió en un pequeño pueblo de nuestra única frontera. Un connotado político, en una campaña por la presidencia del partido al que pertenecía en aquel momento, pronunció ante un grupo de militantes un entusiasta discurso promoviendo sus cualidades y virtudes, razones por las cuales entendia debía ser favorecido con el voto de los presentes en las elecciones internas próximas a celebrarse.

Al terminar su exposición, un hombre que estaba sentado al fondo de aquella enramada, con un raído sombrero de cana y un machete al cinto, se acercó al candidato y una vez frente a él le expresó: “Hasta el momento de verlo personalmente y de cerca, no sabía por quién votaría, pero ahora que lo he visto bien estoy seguro de que mi candidato será usted”.

El político, entre asombrado y confundido, le respondió: “Usted querrá decir después que me ha escuchado, no después de haberme visto”. Y el campesino de inmediato ripostó: “No, dije después de verlo,  pues al observarlo bien he llegado a la conclusión de que un hombre tan feo no puede al mismo tiempo ser un sinvergüenza”.

El candidato no salió, por buen tiempo, de su asombro por aquella extraña teoría. Algo similar aunque con mayor fundamento y justificación me dijo un viejo abogado hace muchos años en un pasillo del Palacio de Justicia. Me dijo el viejo y sabio abogado como un consejo o una sentencia irrevocable: “Si usted llega pobre a un cargo de juez (a cualquier puesto público, agrego yo) al finalizar su gestión no podrá aspirar a salir rico y que al mismo tiempo lo consideren serio. Tiene que decidirse entre ser serio o ser rico”.

Lo dicho por el abogado es fácilmente entendible, pero la teoría del campesino fronterizo está ampliamente desmentida,  puesto que aquí ha quedado demostrado que la impudicia no tiene preferencia. Los hay de todo tipo  y genotipo al momento de revelarse como gente de poca vergüenza.