¿Cuál educación sexual?

¿Cuál educación sexual?

El tema volvió a las portadas por la alta tasa de embarazo adolescente que se registran en esta media isla, las mujeres asesinadas por basiliscos con testosteronas desenfrenadas, acoso en todos los niveles estatales y la práctica deportiva del que más pase enfermedades de transmisión sexual. Claro que es necesaria la educación sexual en las aulas, pero definir los parámetros de eso es tan importante como la propuesta.

Este año escolar se suponía incluirían la educación sexual y reproductiva entre las asignaturas compartidas El currículo por competencias contempla una enseñanza integral con un enfoque de aprendizaje para toda la vida. ¿Dónde está eso? Supuestamente en planificación y depuración de contenido, hace un año.

Supongamos que se incluya el tema en los centros educativos. Bien, ¿esa es la panacea? No. La psicóloga Margarita Katrenko lo analizó en septiembre pasado y su opinión no tiene desperdicio: “Si en nuestro país los maestros van a la universidad durante cuatro años a especializarse en la enseñanza de lenguas, matemáticas o historia y, aun así, los resultados académicos de nuestros estudiantes son más que precarios, ¿cómo es que esperamos que, por poner una asignatura y unos contenidos, sin formación especializada en el tema para maestros, vamos a obtener resultados positivos?”

La profesional de la conducta tiene toda la razón cuando habla de la formación docente, porque el contenido requiere de facilitadores que posibiliten su comprensión tácita, sin malas interpretaciones.
Seamos optimistas y ampliemos la imaginación de que ciertamente los maestros ya están formados en sexualidad y se disponen a enseñar. ¿Qué es lo que se quiere enseñar?

La sexualidad es ancha, profunda y muy relativa; lo que para la biología es antinatural, para la sociología es aceptable. Lo que para la antropología es cuestionable, para la psicología está nítido. Entonces, antes de pensar en que se imparta la materia en las aulas hay que determinar la sustancia.

La iglesia propone la “Introducción a la Sexualidad Humana” que sería impartida en secundaria. Esa materia estaría condicionada a la consideración de los padres, y si ellos no apoyan eso, simplemente retiran a sus hijos. O sea, si el adulto, por ignorancia, credo o gusto no quiere que su vástago sepa sobre sexualidad, lo saca del grupo sin ninguna alternativa de aprendizaje. Si se ve la necesidad imperante de ofrecer estos conocimientos en las aulas es porque en las casas no se está haciendo el trabajo.

El artículo quinto de la propuesta religiosa plantea que esa educación estará limitada a los fines de procreación, intimidad y compromiso exclusivo entre dos personas mayores de edad, del sexo opuesto por biología, buscando siempre la felicidad del otro en la realización propia. En el papel suena bonito, pero llevarlo a la práctica es tan difícil como pedirle a un homosexual que deje de serlo con tres Padres Nuestros.

Y vuelve a salir la homosexualidad como Talón de Aquiles de la propuesta porque todavía lo excluyen del programa, como si se tratara de herejía o blasfemia del siglo XV.

Profamilia tiene su propia versión de la educación sexual en las aulas y plantea que debe iniciarse desde la infancia porque los niños, en su ecosistema, también experimentan la sexualidad, además de que son los más vulnerables a las violaciones por ser más receptivos y asertivos que los adolescentes y jóvenes.
Hace dos años esta misma entidad lanzó el libro “Hablemos, educación sexual para jóvenes”, el cual fue tan criticado que se vieron en la obligación de mermar su reproducción. Planteaba la homosexualidad como una condición normal y les daba derechos a las adolescentes para decidir sobre sus cuerpos en la reproducción. Obviamente esas consideraciones serían rechazadas por la teología y los políticos graciosos.

Pensar que un solo sector tiene la razón absoluta es absolutamente irracional. La implementación de la educación sexual necesita de la integración social porque no se hace mucho si en el aula le llamamos vagina y afuera le dicen creta. El contexto estimula la sexualidad desenfrenada desde la música asquerosa, la publicidad y sus estimulantes en cada esquina, la moda con sus vainas, los videos en las redes, la televisión diaria y la propia familia que ofrece tapabocas si surge una pregunta sobre la masturbación.

Fuera de consideraciones subjetivas de los padres, la poca preparación docente, la imposición de una cátedra vista desde la religión o la ancha propuesta institucional, la educación sexual es un derecho establecido en el Documento Básico sobre la Salud Sexual para el Milenio (2000) por la Asociación Mundial para la Salud Sexual (WAS), con la participación de la Organización Panamericana de la Salud y sus apéndices.

Es urgente que nuestros niños, adolescentes y jóvenes reciban orientación en este tema porque donde quiera que miran hay sexo, y no del bueno. El problema ya no es ni siquiera si se enseñará o no, todos estamos de acuerdo en que sí, el punto chulo, sabroso y picante es ¿qué enseñaremos y por qué?

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